Soy guapo. Del montón bueno que se suele salvar en una criba, aunque no pueda yo presentarme a ningún concurso de belleza porque no pasaría ni el casting previo.

Pero que soy apañado, vamos. Me pongo un vaquero mono, una camiseta chula, me peino el flequillo pa’llá, y llamo la atención lo justo para que mi ego se sacie. Y no tengo reparos en subirme a una tarima y bailar, que no estoy yo de mal ver, oye.

Tengo un amigo que dice que en un bar de ambiente, cuando le miran, piensa que algo raro pasa, que ha debido hacer algo mal y por eso la gente le mira. Y eso me sorprende. Porque a mí, cuando me miran en un bar gay, pienso que he gustado. A no ser que me miren como oliendo a perro muerto, claro.

Pero escuchar a mi amigo me hace pensar si no tendré la autoestima demasiado alta. Porque yo soy guapo, bueno, guapete. De esos que no disgusta mirarles a la cara y quedan bien en la foto. Bueno, quizás soy lo suficientemente guapo para no desentonar entre un grupo de guapos, y lo suficientemente feo como para no desentonar en un grupo de feos. Quizás estoy en esa línea divisoria de la belleza. Aunque la belleza, por supuesto, es subjetiva. Eso gritan todas las portadas de las revistas al pasar frente a un quiosco.

Yo la verdad es que veo que hay gente muy guapa a la que no le gusto, y gente mazo fea a la que veo que les llamo la atención. Pero el resultado final es que no se me acercan ni unos ni otros. Ni aún subiéndome a la tarima, oiga.

Quizás bien pensado soy demasiado guapo para los feos, que no se atreven a entrarme; y demasiado feo para los guapos, que no se rebajan a tirarme los trastos.

Entonces, esa línea divisoria entre guapos y feos, es la zona muerta. La de comerte los mocos.

O igual es que estoy confundido y mis ojos no procesan correctamente la imagen que ven reflejada en el espejo. La belleza es subjetiva, y el cerebro un hábil manipulador de las mentes…

Ayvá la hostia, ¡¿a que soy feo?!