Entré en mi casa, dejé las llaves sobre el mueble de la entradita de mala manera, y me dejé caer en el sofá.

Había tocado fondo. Ya no podía más.

Era la enésima cita que me salía mal y estaba harto. Harto de los hombres, harto de mí mismo, harto de la vida…

Esta vez había sido la historia de mi peluquín. Pero cuando no era eso, era mi trabajo aburrido, o que era demasiado formal y anodino, o que no saltaba la chispa…

No recordaba cuántas excusas me habían puesto ya.

Aunque bien era cierto que no me había quedado a esperar las explicaciones de Antonio. Aquel tipo había mencionado que le parecía curioso mi peluquín y yo no había podido soportarlo más, había recogido mis cosas y salido huyendo.

Ya se había dado cuenta de que llevaba peluca, no necesitaba que me humillara más.

Pero no lo entendía. Cuanto más me esforzaba por ser el hombre perfecto, cuidando mi aspecto, vistiendo a la moda, tratando de mantener la línea, dándome un aire atractivo y tratando de caer bien a todo el mundo… peor me salía todo. ¡Pero si hasta me había puesto peluquín! ¿Quién hacía eso ya en el siglo veintiuno? Nadie. Solo alguien desesperado tratando de encajar en los cánones de belleza contemporáneos: yo.

Traté de dejar la mente en blanco, pero no podía.

Desesperado. Aquella era la palabra que me definía. Quizás era eso lo que olían el resto de hombres a la legua y por eso huían.

¡Joder! No entendía nada. Escuchaba a tanta gente diciendo que quería echarse novio, que estaba cansada ya de estar sola, que se suponía que para alguien que quería echarse novio como yo, sería fácil encontrar un hombre dispuesto a ello. Entonces, ¿por qué el universo se conjuraba para impedírmelo?

Ya fuera la propia esencia del universo, el karma o un ser todopoderoso, estaba claro que la había tomado conmigo. Y yo ya llevaba demasiados años arrastrando esta pesada losa de la soledad, sin ver ninguna luz al final del túnel.

Ya no me quedaban fuerzas para intentar nada más.

Y entonces, lo vi claro.

Me levanté y me dirigí a la ventana, abriéndola y sintiendo el aire frío azotarme en la cara. Miré hacia abajo y vi los cuatro pisos de altura que me separaban de la acera.

Era noche cerrada ya y las luces de las farolas iluminaban a los escasos transeúntes que circulaban por la calle.

Se trataba de saltar y ya estaba. Acabaría con mi sufrimiento para siempre. No tendría que soportar más aquella desesperación que me traía por el camino de la amargura.

Pero vacilé.

No. Tirarme no me parecía muy buena idea. Una vez vi un capítulo de televisión en el que el personaje que se suicidaba se arrepentía nada más saltar al vacío. ¿Y si me pasaba a mí? Aquellas milésimas de segundo hasta impactar con el suelo, pensando que no debería haber saltado, se me antojaban insoportables.

Cerré la ventana y rastreé el salón buscando una alternativa.

¡El cuarto de baño!

Me dirigí allí y corrí la cortina de la bañera.

Podía prepararme un baño caliente y cortarme las venas, y dejar que la debilidad me fuera arrastrando dulcemente al plano de la inconsciencia. Sería como caer en un cálido sueño.

Retrocedí un paso.

Es que ver la sangre me daba un poco de impresión y no sabía si estaba preparado para ver tanta… Y menos la mía.

No, no, no. Cortarme las venas no me seducía. Además, también, como en el caso anterior, podía arrepentirme en algún momento y no quería tener esa sensación.

Debía ser algo más inmediato y sin vuelta atrás.

¡Ya está!

Fui a la cocina a por la tostadora y la coloqué en la repisa de las toallas, junto a la bañera.

Sonreí.

Aquella era una buena opción.

Abrí el grifo de la bañera y puse el tapón, dejando que el agua caliente manara ruidosamente.

Pensé entonces que sería conveniente dejar una nota de suicidio. Mi familia y amigos se merecían una explicación a mi partida…

Dejando el agua correr, fui al salón y busqué un papel y un bolígrafo en la mesita del teléfono. Me senté a la mesa del comedor y reflexioné en lo que quería decirles.

Descubrí entonces que escribir una nota de suicidio no era nada fácil.

¿Qué le decías a la gente? ¿La típica frase de “no podía soportarlo más y he decidido poner fin a este sufrimiento”? Necesitaba algo mejor, y ser por una vez en mi vida un poco original, joder.

“Mamá, papá, os quiero pero el dolor me ha superado…”.

No, demasiado ñoña.

“He decidido acabar con mi vida porque estaba cansado ya de vivir. Pero no quiero que lloréis…”.

Dar por hecho que alguien iba a llorar por mí tras mi muerte me parecía un poco presuntuoso.

“Me he dado cuenta de que la vida no estaba hecha para mí. Os quiere, Enrique”.

Ale, ya estaba. Clara, concisa y bonita. La miré, satisfecho.

La había escrito en una hoja de papel de cuadros poco lustrosa. Siempre había imaginado que las notas de suicidio se escribían en papeles de alta calidad, de esos caros que vendían en las papelerías. Miré mi reloj de pulsera. Ya era tarde para buscar una papelería abierta…

Da igual, pensé.

La doblé y me fui al baño de nuevo. Miré donde dejarla y me pareció que, dado que yo me recostaría en la bañera con la cabeza en el lado derecho (al lado izquierdo estaban los grifos), la nota debería estar por allí. La puse sobre la tapa del wáter.

Eah, pensé. Ya puestos a llevar a cabo un suicidio estéticamente cutre, era ideal.

El nivel de la bañera iba por la mitad. Dejaría que se llenara un poco más.

Los vapores del agua caliente ya inundaban todo el cuarto de baño, convirtiendo la pequeña sala en una sauna, así que empecé a desnudarme.

Ya sin ropa, me miré al espejo que poco a poco empezaba a empañarse. Y sin dudarlo más, me quité el peluquín, liberando mi cabeza rapada de semejante agobio. Lo sostuve en mi mano y sentí cierto aire de repulsa. Me había costado un pastón porque había buscado uno lo más auténtico posible, pero ahora que lo veía inerte colgando en mi mano me parecía inverosímil que yo hubiera llevado aquello en la cabeza. Lo tiré a la papelera del baño.

Me volví a mirar en el espejo, ahora sí, completamente desnudo. La imagen que se reflejaba tampoco me convencía más. Era un tío de cerca de cuarenta, calvo e insulso.

Miré la tostadora.

¿Dolería electrocutarse, o nada más tocar la tostadora la superficie del agua yo ya estaría en el otro barrio?

Recordé las películas americanas en las que mataban a un preso en la silla eléctrica. Creía recordar que les daban algo para morder durante la electrocución, pero nunca había pensado para qué hasta ahora…

Y recordé otra cosa más. Una vez leí un libro en el que explicaba las consecuencias fisiológicas de la silla eléctrica y una de las principales era que se relajaban todos los esfínteres del cuerpo y era habitual que los presos se hicieran sus necesidades encima. Y lo más curioso, que la descarga eléctrica producía un orgasmo seguido de una eyaculación.

Morir sufriendo un orgasmo no me parecía del todo mal, pero al hacerlo en la bañera, todo lo que saliera de mi cuerpo se quedaría flotando en el agua… Y yo preocupándome por dejar la nota de suicidio en un papel a cuadros sobre la taza del wáter.

Al cuerno, pensé.

Enchufé la tostadora y probé el agua con la mano. ¡Uy, quemaba! Cerré el grifo y…

Me llegó el sonido del timbre de la puerta.

Vacilé. Me iba a suicidar, ¿era necesario que abriera?

Lo cierto era que no tenía muchas visitas, y que alguien llamara a mi puerta era harto raro, así que la curiosidad me pudo. Me enrollé una toalla a la cintura y salí del baño. Abrí la puerta de la entrada una rendija y asomé ligeramente la cara.

Y allí estaba Antonio.

No pude evitar que la sorpresa se reflejara en mi cara.

—¿Qué haces aquí? ¿Y cómo sabes dónde vivo?

Sonrió nervioso y alzó una mano con un pequeño objeto.

—Saliste tan rápido que te dejaste la cartera. Traté de llamarte por teléfono pero no contestabas. Y vi que en tu DNI ponía tu dirección de Madrid, así que vine.

—Pues gracias por traerla.

Hice ademán de cogérsela y él apartó la mano, juguetón.

—Te has quitado el peluquín -dijo. Pillé a sus ojos echándome un furtivo vistazo por la rendija de la puerta.

Noté que me ruborizaba.

Cuando volvió a mirarme a la cara, una sonrisa pícara adornaba sus labios.