¿Sabes cómo poner la lavadora?

Sofía miraba a Alfonso esperando una respuesta. Su marido miró el enorme electrodoméstico y se encogió de hombros.

– No la he puesto nunca. Y tú ya sabes que yo aprender algo nuevo…

Ella exhaló un suspiro, mirando el reloj de pared correr en su contra.

Por fin había dejado de ser una parada de larga duración y podía ayudar económicamente en una casa ahogada para llegar a final de mes. Sólo pedía un poco de colaboración en casa…

– Es que tiene muchos botones… -Alfonso miraba la lavadora desde cierta distancia, como si fuera un ser extraterrestre recién aparecido en su cocina.

Sofía calculó que solo le quedaban dos minutos de reloj para explicarle a su marido cómo lavar la ropa si quería llegar a tiempo de coger el último tren, llegar así al trabajo y, además, tener muda limpia para el día siguiente.

– Es muy fácil, cariño, ven aquí.

Notaba cómo las sienes le palpitaban.

Se acuclilló frente al tambor y comenzó a sacar la ropa sucia del cesto.

– Sólo tienes que separar lo blanco de lo de color. Y si ves una prenda muy delicada, pues no te rompas la cabeza, la dejas en el cesto y ya me encargaré yo cuando vuelva de trabajar…

– ¿Y qué es delicado? A mí toda tu ropa me parece delicada -Alfonso alzaba las manos como si aquello pudiera ser usado en su contra.

– Mi ropa no son más que vaqueros, camisetas y bragas. No tienes de qué preocuparte.

– Es que veo que voy a fastidiar algo y me vas a echar la bronca, mujer.

Sofía cerró los ojos e inspiró hondo. Comenzaba a dolerle la cabeza.

– No te voy a echar la bronca.

– Eso dices ahora.

Sabía que acabaría más rápido poniendo ella la lavadora, pero por culpa de sus horarios del trabajo se había despistado y se le habían acumulado la tanda de la ropa con la de las sábanas y la de su uniforme de repuesto, y era imperioso que Alfonso pusiera dos lavadoras seguidas para ponerse al día…

– Yo te voy a poner una, tranquilo, con mi ropa, para que no pueda decirte nada. Pero mira cómo se hace para que luego pongas tú las otras, cuando esta acabe.

No entendía por qué Alfonso no le ponía las cosas fáciles. ¿Acaso no veía que se mataba a trabajar en aquel bar del centro, para luego llegar a casa con la lengua fuera y ponerse a limpiar, cocinar, llevar los niños al médico…?

– ¿Y cómo sabré que ha acabado?

Sofía ya estaba metiendo sus bragas y sus camisetas con mano diestra en la lavadora.

Siempre es igual.

– Suena una musiquilla.

– Ah…

– Ahora el jabón -dijo, cerrando la portezuela del tambor con brío.

Alfonso dio un pequeño paso al frente para ver qué echaba Sofía en el cajón de la lavadora. Se le derramó algo de jabón por el frontal. Una gota de líquido azul que quedaba en equilibrio bajo la arista del cajón.

– ¿Ves? Ya está.

– Pero… has echado así a ojo… No sé si voy a saber yo…

Nunca me ayuda.

Sofía vio la gota de jabón suicidarse, estampándose contra el suelo.

– Cariño, en el instituto te fui infiel con uno de bachillerato del último curso. Y ahora el suavizante.

La boca de Alfonso desencajada, mirando la lavadora.

– ¿Qué… qué es el suavizante?

– Lo que hace que las cosas salgan más blanditas, y que no te raspen al contacto con la piel.

– No lo sabía.

– Te lo acabo de contar.

Cerró el cajón de la lavadora.

– No lo sabía -repitió.

– Ahora ya lo sabes.

Alfonso asentía, ausente.

– Ya solo te falta pulsar el botón grande. Por el programa no te preocupes, que ya te lo he dejado seleccionado yo.

– Pulsar el botón… -musitó él, todavía con la vista clavada en el tambor.

– ¿Ves como no resulta tan difícil aprender algo nuevo? -cogió su bolso, le dio un beso en la mejilla a su marido, y salió por la puerta, corriendo a coger el último tren.