Siempre imaginé mi vida adulta de una forma plena. Desde pequeñín me veía viviendo en una casa de madera, en una verde colina, rodeado de altos pinos. Aún cuando jugaba con los playmobils me veía paseando un perro bajo un día soleado, yo plenamente sonriente, satisfecho. En resumen, feliz.

Esa fantasía sufrió pocas variaciones en mi adolescencia. Sí, me veía en esa casa, pero sabía, intuía aunque no la veía, que mi pareja me esperaba en su interior, en algo que en ese momento empecé a llamar hogar.

Dicen muchos gurús de la felicidad que la visualización para conseguir ese objetivo deseado es primordial.

Y yo puedo afirmar, amor mío, con una sonrisa en los labios, que lo que dice esa gente es una falacia. Pues aquí en mi lecho, a un suspiro de cerrar los ojos, de todo lo que ansiaba, solo conseguí aquello que no visualizaba.

 

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